.....

miércoles, 23 de junio de 2010

Solsticio

Hoy, que el calendario solar llega a su momento cumbre, que el Sol ha alcanzado el punto más alto en el cielo proyectando al mediodía la sombra más pequeña de todo el año. Hoy, que ha coincidido este año con el primer día de sofocante calor anunciando la llegada de las canículas, he sentido la imparable necesidad de dedicar estas breves líneas al solsticio.



Desde periodos muy remotos que el hombre observó el ciclo anual del paso de las estaciones, sufrió los crueles inviernos y los tórridos veranos; evolucionó por los diversos calendarios –contando fases lunares y meses solares-; fijó las fechas de máxima, igual y mínima duración del día y la noche; midió los ángulos, los puntos y momentos de la salida y puesta del Sol; le construyó templos y le dedicó alineaciones sagradas; y le dio categoría de divinidad y de astro creador.

Y es que es evidente que el Sol es nuestra fuente de energía y de vida en la tierra. Nuestra sensible existencia pende de unos estrechos rangos de la radiación solar que nos llega a la superficie del planeta. Por ello, no es de extrañar el reconocimiento de la humanidad al astro rey, y la dedicación de celebraciones especiales en las fechas solsticiales.

Fiestas con hogueras como protagonista, intentando imitar la fuerza solar, que se han celebrado tradicionalmente desde épocas antiguas. Donde sus llamas contribuyen, también, a los efectos mágicos de purificación, de curación, o de encuentro de amores. Y es que dicen que, además, estas fechas son propicias para los rituales y para la magia. Será verdad?

domingo, 23 de mayo de 2010

Una pizca de sal

La halita es un mineral muy abundante en la Tierra. Bueno, en la tierra y en el mar.


Porque este salado haluro se encuentra disuelto en el agua del mar ofreciéndonos su peculiar sabor. ¡Mecachis en la mar! Y es que así, ofrece distracción a la plebe que se va preguntando porqué el agua del mar es salada y ofrece trabajo a unos cuantos que embalsan un poco de mar en una gran extensión de poca profundidad y dejan que el Sol evapore el agua… un trabajo paciente que compite en antigüedad con otros oficios que alardean de ser de los más antiguos. Sin embargo, destaca aquí la originalidad del nombre. A ese lugar en donde se obtiene nuestro preciado mineral le pusieron, después de pensárselo mucho, el nombre de… ¡Salina!


Y también, en la tierra, nos aparece halita en forma de sal gema, o sal de roca para los amigos. Sí, en yacimientos de terrenos sedimentarios… es decir, en lugares donde hace millones de años era un fondo marino expuesto al sol. Se secó el mar y se quedó el poso residual. ¡Qué cosas pasaron en el Cuaternario!, ¿No?


Es común que conozcamos una pizca acerca de la sal… Como condimento en la comida, por ejemplo, la sal pasa desapercibida disuelta en las comidas si está en su justa medida. Ahora bien, no te pases ni te quedes corto porque su exceso, o su defecto, no nos permite saborear bien aquello que comemos.

Y es que, tal vez, cuando nos preguntan acerca de ese típico dilema de ¿Quién fue primero, el huevo o la gallina? Tendríamos que responder… la sal. Porque el uso de la sal es ancestral. Seguro que hasta el homo antecesor se comía los huevos con un poco de sal… Bueno, bromas a parte, el uso alimenticio de la sal proviene, seguramente, de cuando descubrieron –por azar, seguro- que se podían conservar los alimentos en salazón. En especial, los pescados y las carnes se deshidratan al ser recubiertos con sal. Tal vez por ello, los alimentos se tomaban bastante salados e, incluso, se hacían comidas, como el garum que, sólo por su nombre, ya cuesta atreverse a probarlo. Y la sal, con el tiempo, acabó por manchar, etimológicamente hablando, muchas comidas… y si no que se lo pregunten a las ensaladas, a las salsas, a las salchichas o al salmorejo!

Aunque parezca mentira, en épocas antiguas, la alta demanda de sal para conservar alimentos elevó su precio hasta valores que llegaron a superar el del oro. Así, la sal fue utilizada como moneda, pagándose con sal los salarios… y con honor… ¿Los honorarios? Pero, dicen, que todo lo que sube, baja. Y eso le ocurrió hace un par de siglos al precio de este mineral comestible: se desplomó. Dicen, también, que la culpa la tuvieron las nuevas tecnologías de conservación de alimentos que se inventaron el “refigerator”. Otros apuntan a las manías de los médicos en que comamos con poca sal para que no nos revienten las tuberías sanguíneas con una cosa que le llaman “hipertensión”… Pero no sólo bajó la demanda de sal, sino que la ley del mercado económico pinchó también porque aumentó la oferta de sal, y es que también se tecnificaron los sistemas de obtención del cloruro de sodio, o sea, de la sal.


Pero no todo el monte es orégano, ni toda la sal es cloruro sódico. Hay otras sales en el mundo, y si no que se lo pregunten a los que se pegan baños con unas de aromas a jazmín o con esencia de almendras. Pues bien, también se extrae sal en explotaciones mineras de, por ejemplo, cloruro potásico o de cloruro magnésico. Y ¿Para qué?, pues debe ser para abastecer a la industria química que va como loca queriendo obtener cloro, potasas, explosivos, abonos sintéticos y cosas de esas…


Pero, en esencia, ¿Por qué la sal está tan unida al hombre? Pues porque hay alguna razón ancestral que absorbe el seso humano hasta el punto de que lo han usado en sus rituales como generador de pureza, como protector contra los demonios o como absorbente de las malas acciones de los espíritus… y, en las religiones, a parte de ser usada como ofrenda en ceremonias, también era usada por Dios como castigo, si no ¡Que le pregunten a Lot qué le pasó a su mujer por darse la vuelta al huir de Sodoma!

Y para acabar con este saleroso tema, aunque muchos no nos enteramos, utilizamos en nuestro interior la sal como fijadora, haciendo que el mercurio acepte el azufre, o algo así. Pero en esos alquímicos temas, no hay cuerpo, ni sal, ni homus virtualis que lo llegue a entender.


miércoles, 14 de abril de 2010

Mercuriales del Montcau

Un impulso inconsciente nos influyó hace poco a realizar un determinado ritual. Nadie nos había contado nada antes, pero lo intuimos. Supimos, como si de un acto de nuestro instinto humano se tratara, que teníamos que hacerlo. Y lo hicimos.

Algo primitivo, ancestral, se apoderó de nosotros al ver el lugar privilegiado: un lugar elevado de la montaña, un llano de reducidas dimensiones con un único acceso a pie y rodeado de escarpados precipicios, un punto privilegiado de la orografía que ofrecía unas espléndidas vistas hacia diversos valles y hacia las montañas de singular forma montserratina… en definitiva, un enclave digno para construir un templo.



Y, como si de un singular templo se tratara, en este lugar especial había un número considerable de montones de piedras. Unas torrecillas más grandes y otras más pequeñas, esparcidas por la limitada extensión del altiplano, que se mostraban enigmáticas ante nuestros ojos.



Tras el instinto inicial de contribuir aportando otra piedra para engrosar uno de los montículos, empezamos una nueva pila de piedras aportando cantos escogidos del entorno que identificábamos con las personas que queremos, a modo de representación simbólica de desear acercarlos, de juntar a los seres queridos y de invocar, a través de ese hecho, a alguna fuerza superior para que proteja al grupo. Tras acomodar, una a una, todas las piedras escogidas en el montón colectivo procurándole estabilidad al conjunto, deseamos que, con el tiempo, la pila fuera alimentándose de nuevas piedras.



Hoy, miércoles, he recordado ese instintivo ritual practicado hace pocos días y he buscado documentación en hechos análogos.


Es sorprendente averiguar que el hombre primitivo usaba, posiblemente, el amontonar piedras como instrumento a través del cual podía invocar a los dioses. Que en las antiguas civilizaciones tibetanas y egipcias ya realizaban similares pilas cónicas de piedras con finalidades espirituales, amontonamientos que derivaron en la concepción de obras piramidales. Que en los altiplanos de los Andes se construyen montículos similares – las apachetas – como homenaje a su madre tierra Pacha Mana. O que en puntos de nuestra península, como en la Cruz de Ferro del monte Irago en el camino de Santiago, existe un montón de piedras que va creciendo, día tras día, con la aportación de los peregrinos.


Asimismo, es sorprendente averiguar que esta pila de piedras recibe también el nombre de mercurial, que el concepto está relacionado con el dios Mercurio, que es el mismo concepto que el dios griego Hermes, que las “hermas” también eran montones de piedras que se hacían en los márgenes de los caminos y que todo el que pasaba añadía su piedra al montón, hermas que derivaron en tallas en piedra a modo de mojones, mojones o hitos que, en los caminos de montaña, se suelen realizar con un pequeño montículo de piedras para indicar el camino a seguir… Todo un mundo de relaciones.

También es sorprendente averiguar que, parece ser, muchas ermitas dedicadas a San Cristóbal se levantaron en puntos donde había un mercurial, relacionándolo como si San Cristóbal fuera una cristianización del dios Mercurio y apoyando, además, la hipótesis en términos alquímicos como que si el mercurio es “el portador del oro”, analógicamente Cristóbal podría ser entendido, según se quiera traducir, como “Cristo portador del oro”… Todo un mundo de relaciones.


Enfin, dejando de lado que al construir una pila de piedras bajo una perspectiva ritual se expresa un ideal y se genera una satisfacción de nuestras emociones y sentimientos más elevados, lo que en el fondo me ha sorprendido de todo esto es que hemos tenido una posible constancia de la existencia de una subconsciencia colectiva, puesto que hemos actuado bajo unos mismos patrones de comportamiento que se han repetido en otros tiempos y en lugares muy dispares del mundo. !Cuántas relaciones hay en el mundo!

Efectivamente, fue una necesidad que partió de nuestro interior, un impulso instintivo. Teníamos que hacerlo. Y lo hicimos.


*****

Cuando volvimos al Mercurial, 4 años después (22-2-2014), nos encontramos que había crecido!





lunes, 8 de marzo de 2010

Graná, tierra soñá

Hubo una pareha de mendas que se pegaron una pechá de viahar pa’cer una mihilla er pollas dando vueltas por Graná.


Entoqué llegaron, noh echaron un movih pa’hir a buscarlos en taxis a los polígonos, pueh ehtaban eslomaos, los ahelicos, y no atinaban pa llegá a Puertarrá.

.

-“Ahora que me he arregostao a la buena vida, suh subís ar taxis pa’hir a esos barrios de la Yoli y er Chavea”- Nos diho er shiquillo mientras conduhia er coshe con malaostia. ¡Pahecía que er pollas quería ir al hiñaero!

.

Namá llegá ar hoté, los cuchis tabanmayaos, asín que se pegaron una comía dercopón, cohieron una pea de la vihen y no deharon de decir folletás toa la noshe tapaos con una manta. Con un “Ozú, qué repeluh ma dao ese vino” se hicieron er longuis y los shiquillos se fueron a dormir dehándonos en lestacá. "¡Cuchis, los tíos!", dihimos.

.

Ar día sihiente, con la rehaca, er niño no era capah de ná, estaba apollardao. Conticoneso, subieron ar Arbaisín en Buh (que er trahporte plúsblico es la polla) y er chavae, que había cohio alehia a los hipreses y los iba fotograhiando pá curá su arma hería, hacia una heta más sospechosa que un hitano haciendo futin (¡Anda que no!). Asín que un hombre –dicen que era er Bute- lo achantó con una panzá de voces y… ¡Chah! er cazo es que er cuchi le dio suh cámara de fotoh y er pollas se marshó ná regomelloso.

.

-"¡Qué ihoputa que es er mendas!, ¿Notehode? ¡Foh!"- gritamoh tós mientras ehcondíamos las otras cámaras y las tahetas de crédito bajo el abriho.

.

Alguno de nohotros, como había venío como pa'cé un mandaillo y no quería ser dehcubierto, diho que la cámara valía una mihilla de nà, "unas sientas pehetas" y que le compraría otra en una volá. Asín que er niño, acohonao, espeluznao y una chispitilla mosqueao, le encartó la propuehta der enterao Darmería.

-

De no ser por la falanhitis que cohieron los mendas tras la sehunda noshe de pegarse una panzá de helaos mientras decían las folletás de la vihen y de la mae tierra, bajo la manta dercopón, podríamos ahegurá que los shiquillos lo habían pasao de cohones. Pero er niño estaba mu malico y le reconcomía haberse zampao tanto helao.



Poyastá, asín que la pareha se volvió a pegar una pechá de viahar pà volver a su buhero en la gran ciudá. Conticoneso, nos los pasamos dercopón.

.

sábado, 27 de febrero de 2010

Momento Cunini

.

Como si de un buen vino se tratara, el gran evento llevaba largos años macerándose en paciente espera para que, al llegar su momento, el Momento, todo estuviera preparado. Todo fuera perfecto.

Saliendo de Puerta Real, el pasear por la comercial Zacatín, el deambular por las callejuelas del singular mercado de la Alcaicería, el curiosear los variados quioscos y la fuente que preside la Bib-Rambla, o el saborear el colorido y la variedad del mercado tradicional que resiste y sobrevive aún en el entorno de la plaza de la Pescadería hicieron un espléndido preludio de la comida en el emblemático restaurante granadino.


Allí, tras atravesar la larga barra de bar de típicas tapas andaluzas llegamos al apartado y pequeño comedor del Cunini. Como un lugar íntimo donde se iba a producir un extremo placer, todo estaba delicadamente preparado en perfecta disposición. Allí, ya acomodados, el conocido, amigo y reconocido maître saludó y atendió, con alegre gracia, a los comensales recomendando al anfitrión en la elección de los platos.

Con el tiempo justo de crecimiento de las quisquillas, pescadas en la cercana costa de Motril, portadas en el mismo día hasta la cocina para que, tras su precisa cocción y enfriado, fueron servidas, sin más, como entrante en el Momento.

Tras largos años de crecer los percebes a base de olas e impactos de marina sal para que, al llegar a su edad adulta, el hombre arriesgara su vida en la captura arrancándolos del fondo del acantilado antes de recibir el último impacto del mar. Tras larga cadena de gente que dedica su esfuerzo diario, este fruto llegó al Momento en su punto justo de hervor y sabor.




Tras largo tiempo de crecer pacientemente las navajas escondidas bajo la arena digiriendo el plancton, los intrépidos buceadores a pulmón libre extrajeron las bivalvas para que, también, tras la larga cadena de entregadas personas, llegaran a su respetuoso momento cumbre en su punto de plancha y aceite.

La vieja tradición en la elaboración y solera de un Privilegio del Condado puso el punto de sabor y olor afrutado que caracteriza a estas bodegas de tierras onubenses. Su color, blanco y limpio, y su sabor, seco, suave y fresco, se encargaron de bañar el paladar para abrir el espíritu degustador de los deliciosos manjares.

Tras el tiempo justo de crecimiento de los chipirones, de los calamarcitos, de los boquerones, de los salmonetes, de la pescadilla; tras usar las mejores materias primas de harina, aceite y sal; tras el certero punto de fritura propio de un experimentado cocinero, llegaron los manjares a la cita, en su justo Momento. En su Momento justo.

Pusieron broche de oro a la comida los variados postres donde no faltaron las Lágrimas de Boabdil en el plato. Nuestro anfitrión explicó el porqué del nombre de los postres así como nos contó a lo largo de la comida múltiples anécdotas e historias vividas en el pasado en ese restaurante.

Allí confluyeron, en ese tiempo y lugar, las largas y esmeradas elaboraciones de las múltiples viandas servidas. Allí confluyeron, en ese tiempo y lugar, los trabajos y atenciones de un equipo profesionales de la hostelería. Y, especialmente, allí confluyó la celebración del evento esperado pacientemente por los tres desde hacía tiempo. Una confluencia de momentos que condujeron al éxtasis de una comida, al Momento.


Recordé el placer que sentí hacía unas semanas en el Gran Café al compartir una comida con unos amigos. Reconocí y disfruté del valor de compartir mesa y comida con tus seres queridos. Sentí un fulgor de intenso y emocionante placer por estar viviendo ese Momento. Y, con felicidad y agradecimiento, aprecié la deliciosa comida, la buena bebida, el agradable lugar y la querida compañía.


.

sábado, 6 de febrero de 2010

Código binario

.

Cuando nos dicen que esto de la electrónica digital o eso de la informática funciona con códigos binarios nos suena a chino... !Pues sí! Es cierto, porque ya en la antigua filosofía del I Ching se utilizó la esencia del código de numeración con “ceros y unos”.

Estamos acostumbrados a contar con los números del 1 al 10 en nuestro seguro y cómodo sistema decimal y, sobre este sistema, sabemos realizar las operaciones algebraicas básicas. Bueno, los hay que se han olvidado ya de dividir a mano y echan mano a la calculadora para que la electrónica digital les saque del apuro.


También estamos acostumbrados a contar algunas cosas con el sistema sexagesimal. Este sistema, que usa el número 60 como base, lo usamos para contar el tiempo –horas, minutos, segundos-, en la medición de ángulos… y hasta cuando compramos algunos productos por docenas. Que, hablando de la docena, es una antigua y sabia cuestión de práctica doméstica. Puesto que la docena es la cantidad más pequeña que permite ser repartida entre una, dos, tres, cuatro o seis personas.


Pues el código binario no es más que otro sistema de contar. Lo que ocurre es que, como lo que se tenía en esos inicios de la electrónica digital era el cero (no hay corriente) y el uno (sí hay corriente), pues se usaron esos dos niveles, el cero y el uno, como base para contar las cosas. Como lo hicieron cuatro mil años antes en el I Ching.


Cualquier número puede ser traducido a código binario. El tres es 11 (se lee uno uno), el diez es 1010 (uno cero uno cero) o el doscientos nueve es 11010001. Con esos números codificados en binario se pueden hacer electrónicamente muchas cosas. Se pueden hacer las operaciones algebraicas que queramos y que nos dé el resultado traducido a nuestro cómodo sistema decimal en la pantalla de la calculadora; se pueden guardar los números en un soporte de memoria electrónica para recuperarlos cuando queramos; se pueden enviar a cualquier otro punto del mundo a través de las redes de telecomunicaciones… se puede hacer de todo.


Bueno, y es que en realidad, además, se acaba traduciendo a código binario todo lo que sea información. Las letras de un texto, la voz, la música, las fotografías, los dibujos, los bancos de datos… todo. Sólo hay que fijarse en una porción básica, el píxel, por ejemplo, y codificarlo según su color y cantidad de luz en una retahíla de ceros y unos que luego nos permita volver a reproducir ese píxel en otro lado cuando queramos. La electrónica lo hace para nosotros a toda velocidad, pero lo hace así, leyendo el sistema binario y pintando en la pantalla del ordenador, píxel a píxel, según está escrito en su registro de memoria electrónica.


Aunque es enorme la cantidad de ceros y unos que se procesan en cada segundo, el método utilizado en cada “microsegundo” por un aparato electrónico es muy simple. De hecho, se basan en operaciones lógicas desarrolladas en el siglo XIX por el matemático George Boole. Desde las simples operaciones “AND” que “suman”… cero y cero igual a cero, cero y uno igual a uno… hasta operaciones más complejas pero que, en realidad, no son más que operaciones que se descomponen siempre en las cuatro operaciones básicas del álgebra de Boole.


Así, cualquier instrucción que demos a un ordenador desde nuestro nivel de usuario, como por ejemplo si tecleamos la letra “p”, se traduce en un conjunto de instrucciones a nivel de programación informática del estilo “codifica en binario la p, guárdala en la memoria y envía la representación de la letra p a la pantalla del ordenador”, cada parte de estas indicaciones se desglosan en instrucciones de niveles de programación más básicos, y éstos a su vez en otros niveles de microprogramación, niveles que usan, finalmente, los ceros y unos y el álgebra de Boole para ejecutar electrónicamente la acción solicitada al teclear la letra “p”: que se grabe esa letra en el texto que estamos escribiendo y que la veamos en la pantalla de nuestro ordenador.


Espero que a partir de ahora, cuando nos digan que esto de la electrónica digital o eso de la informática funciona con códigos binarios, nos suene a chino sólo porque ya en el antiguo I Ching se utilizó en los hexagramas la esencia del código de numeración con “ceros y unos”.


64 hexagramas del I Ching

viernes, 1 de enero de 2010

Calendas de enero


El tiempo es una invención del hombre para concatenar los hechos de su historia.

El hombre primitivo, de manera innata como otros muchos animales, vivía en sincronía con los ciclos temporales de un día. Sol y Luna, luz y oscuridad, actividad y descanso… dos opuestos que marcaron una dualidad en el interior de su subconsciente y que con el tiempo, posiblemente, de ese ciclo de día y noche afloraron principios de dualidad en muchos otros aspectos de la vida.


Seguramente, con el paso de las generaciones primitivas y la toma de consciencia acerca de su existencia, empezaron a observar y medir los ciclos lunares. Las lunaciones fueron, así, la forma incipiente de los actuales irregulares meses. Una forma práctica, para ese hombre primitivo, de contar conjuntos de días.


Pero había otro ciclo en la naturaleza que le provocaba la necesidad de comprender, muy probablemente, por un puro aspecto de supervivencia. El clima variaba desde épocas de intenso calor a otras de virulento frío. El Sol no calentaba siempre igual, ni se alzaba siempre en el cielo hasta tan arriba, las sombras variaban en ciclos de unas cuantas lunas, el día y la noche no duraban siempre igual… Observaron las estrellas de la noche y vieron que había algunas que aparecían en el horizonte en unas épocas y en otras estaciones se escondían bajo la tierra. Con ello intuyeron el ciclo anual y, con la evolución y el apoyo del conocimiento matemático, descubrieron cuatro hitos que daban forma al año: dos solsticios y dos equinoccios. Entre ellos, muchas civilizaciones definieron las cuatro estaciones.


Pero los tres ciclos descubiertos, el de la Tierra, la Luna y el Sol, no coincidían plenamente uno dentro de otro. Las lunaciones ocupaban de media 29,5 días, los años ocupaban 12 lunaciones y parte de una treceava… y el hombre, con su afán de organizar las cosas, como si fuera un enano verde poniendo las cosas a memorizar ordenadamente en los cajones de un bargueño, empezó a crear calendarios con meses lunares, más tarde empezó a organizarlo con meses no lunares, empezó también a inventarse un ciclo semanal dedicando cada día a uno de los planetas conocidos, empezó a decir que el día empieza a las doce de la noche y no cuando sale o se pone el Sol, y cada pueblo fue decretando la creación de sus calendarios: caldeos, griegos, romanos, egipcios, julianos, gregorianos, celtas, hindúes, hebreos, aztecas, mayas, musulmanes, chinos,… como para ponerse de acuerdo la Tierra, el Sol y la Luna y enviarnos a todos a… otra galaxia!


Para acabar de simplificar el tema, en la medida que las matemáticas y la astronomía evolucionaban, detectaron nuevas desviaciones sutiles de los ciclos. Entonces, unos ajustaban las cosas poniendo un treceavo mes de vez en cuando, otros añadían dos días a cada lunación para encajar mejor lo de 12 ciclos lunares en un ciclo solar, otros se saltaron un puñado de días allá por el siglo XVI para "encajar" la Pascua con el equinoccio de primavera, otros ponían un año bisiesto cada cuatro años, otros sacaron lo del año bisiesto en aquellos años que acabasen con dos ceros… ¡Vaya forma de distraer a las masas!



En efecto, el calendario es una invención del hombre que ha utilizado para concatenar los hechos de su historia. Así que el día de hoy no tiene otra cosa de especial más que ser el primer día del año según el calendario gregoriano que, casualmente, seguimos por estos lares para contar los días de nuestra historia. No obstante, consciente de la farsa que nos ha impuesto la sociedad, aprovecharemos el día festivo para celebrar que continuamos aquí dando vueltas sobre la Tierra y alrededor del Sol y desear a nuestros seres queridos la mejor de las felicidades en sus vidas durante el nuevo ciclo solar.


sábado, 12 de diciembre de 2009

I-magina La Fraga


Hacía tiempo ya que conocía La Fraga. No por haber tenido el honor de poder estar antes allí, físicamente, sino porque le había cogido ya cariño a ese lugar a través del mundo virtual. Algunos relatos, comentarios diversos en blogs y foros, o las historias de los personajes de La Fraga de Malvís habían sido los encargados de darle forma imaginaria a ese lugar, a ese entrañable e idealizado bosque encantado.



Hacía tiempo ya que me pareció oír un silbido a dos tonos dentro de mí. El primer tono agudo y sostenido en el tiempo y, justo a continuación pero formando parte del mismo silbido, un segundo tono, más grave y de similar duración. La primera llamada del silbido penetró en mi inconsciente y, aunque no le presté demasiada atención, despertó en mi espíritu la necesidad de acudir algún día al lugar de donde procedía ese sonido: La Fraga. A la segunda llamada oída, asistió al encuentro una parte de mi propio ser, mi alma, aunque yo no estuve físicamente allí. Y al tercer silbido oído ya estaba, finalmente, allí, en cuerpo, alma y espíritu, al final de ese salvaje camino de entrada flanqueado por pinos y alguna parra emparrada. Allí, de pie, frente a la Mojonera, con el corazón palpitándome por una mezcla de emoción por estar allí visitando y contemplando La Fraga, más un nerviosismo incontrolado por acercarse un momento especial de mi vida, que esperaba que marcase aquel día con un antes y un después.

Tuve, pues, la ocasión de poder visitar esas tierras acompañado de dos seres especialmente queridos por mí. Unas tierras que albergan profundas raíces - no sólo de olivares - que te unen a ese espacio sacro, quieras o no, para toda la vida.

Tuve, pues, la ocasión de poder tocar esos olivos de ramas “doblás” por el peso de las aceitunas. Esos olivares centenarios de doble o triple tallo plantados en retícula de perfecta formación equidistante cubriendo toda la tierra fértil de la falda baja del Aznaitín. Matas de olivares longevos, de troncos retorcidos por los años, con retamas y ramones que buscan sobrevivir en el ciclo de la natural naturaleza y se alegran por huir de la poda o de la quema. Olivos vivos, llenos de energía, que ofrecerán, seguramente, una buena cosecha este año. Aunque eso dependerá del rendimiento, de la cantidad de aceituna llevada a la cooperativa, de cuanta es de cielo o de suelo, de la lluvia que caiga en estos últimos días antes de la recolección, o de si la cuadrilla de recolectores muestra su honradez y profesionalidad en la faena.


Tuve, pues, la ocasión de poder contemplar los restos en pie del viejo cortijo de la Mojonera, sus humildes estancias, el patio posterior que hacía de corral, la chimenea del pequeño comedor, las botellas de vino vacías que llenaron el espíritu a Perico Ponela, la percha de madera para colgar la bota, la suma a lápiz que aún se conserva en la pared encalada… E inhalé. Inspiré profundamente y, a pesar del nerviosismo, creí captar la esencia que aún vibraba en ese lugar.


Tuve, pues, la ocasión de poder intuir los sistemas secretos de abastecimiento de agua de esas tierras. El Aznaitín resultaba ser el abastecedor de un cauce subterráneo. Con un par de pozos, unas bombas y unos pasos sifónicos bajo la carretera se alimentaba el caz, un canal que soñaba ser torrente incontrolado y que atravesaba la finca para llevar el bien a las zonas más áridas. Me contaron que, tiempo atrás, cuando no había aún el sistema de riego por goteo, a partir del caz se iba abriendo paso al agua haciendo una canal con un azadón. Llegando de olivo en olivo donde se hacia un alcorque alrededor de cada tronco para regarlos, con agua, sudor y amor.

Y tuve, pues, la ocasión y el honor de estar en el Cerrillo Costalo. Una elevación donde el olivar cede al pino, a la encina y a las retamas que crecen salvajemente. Un espacio sacro, de refugio, de reflexión, de intromisión, de ataduras ancestrales y, además, de una singular, sensible y tierna belleza. Un espacio desde donde se divisan las laderas del Aznaitín, unas tierras prácticamente vírgenes que ofrecen su pasto a los rebaños de cabras y ovejas. Unas tierras que, en una futura ocasión, procuraré pasearme por ellas sin prisa para captar el alma de esa tierra, de ese sentimiento al que, aún, no le sé poner palabras.

.

Y allí, en el Cerrillo Costalo, al amparo de la fuerza que emanaba el sacro lugar, junto a la roca que sobresalía invitando al asiento, o a modo altar, tuve la ocasión de expresar y formalizar, con ojos limpios, mis pensamientos y sentimientos íntimos.

Al partir de La Fraga, me llevé conmigo una piedrecita - un trocito de ese lugar sagrado-, unas aceitunas del cornezuelo cogidas por los tres juntos ordeñando las ramas, un muy grato recuerdo de haber estado ahí sintiendo la grandeza del lugar y, sobretodo, me llevé el corazón rebosante de felicidad.

Hacía tiempo ya que conocía La Fraga. Pero en ese espléndido y soleado día de finales de otoño, que jamás en la vida olvidaré, tuve el honor de poder estar allí físicamente, en cuerpo, alma y espíritu.



sábado, 7 de noviembre de 2009

La pirámide de cubos

(Un problema de matemáticas para distraernos pensando)


Enunciado:

Hemos construido una pirámide formada por cubos de madera, cada uno de ellos tiene un volumen de 1 dm³. En el piso superior hay un cubo, situado en el centro del segundo piso, formado por cuatro cubos. Estos cuatro cubos están situados en el centro del otro piso, formado por nueve cubos.

Queremos pintar la parte visible de la pirámide, es decir, que no pintaremos ni las caras que queden debajo ni las partes de caras que queden tapadas por otro piso.

a) ¿Cual será la superficie que tendremos que pintar?

b) Y si añadiéramos un nuevo piso, formado por 16 cubos, ¿Cual sería la superficie que tendríamos que pintar?

c) ¿Sabrías generalizarlo al caso que hubiera un número cualquiera n de pisos?










.

.

Solución:

a) En primer lugar, a partir del volumen de los cubos, obtenemos el valor de la arista (a):



En relación al cubo del primer piso (n=1), la superficie lateral (Sl) a pintar sería la de las 4 caras laterales y la superior:



En relación a los 4 cubos del segundo piso (n=2), la superficie lateral (Sl) a pintar sería la de las 8 caras laterales más la superficie libre superior, que es la de los cuatro cubos, menos la superficie de un cubo, que es la superficie que queda tapada por el piso n=1. Así tenemos:



.

En relación a los 9 cubos del tercer piso (n=3), la superficie lateral (Sl) a pintar sería la de las 12 caras laterales más la superficie libre superior, que es la de los nueve cubos, menos la superficie de los cuatro cubos, que es la superficie que queda tapada por el piso n=2. Así tenemos:



.

Entendemos, por el enunciado del problema, que la base de la pirámide no se pintará. Por lo que no añadimos aquí la superficie de la base (9a²)


Entonces, la superficie total a pintar es:



Sustituyendo el valor de la arista (a=1dm), obtenemos finalmente que:



.

b) A la solución del apartado anterior añadimos la superficie del cuarto piso. Entonces, la superficie lateral (Sl) a pintar, en relación al cuarto piso (n=4), sería la de las 16 caras laterales más la superficie libre superior, que es la de los dieciséis cubos, menos la superficie de los nueve cubos, que es la superficie que queda tapada por el piso n=3. Así tenemos:



.

De este modo, se obtiene la superficie total a pintar para el caso de una pirámide de cubos de cuatro pisos:



Sustituyendo el valor de la arista (a=1dm), obtenemos que:



.

c) Para generalizarlo al caso de n pisos, procederemos a analizar la evolución de las series obtenidas en los dos apartados anteriores.

Para cada piso, obteníamos la superficie de los lados, le sumábamos la superficie superior y le restábamos la superficie de contacto con el piso de encima. Construimos así la tabla siguiente con los coeficientes multiplicadores de la superficie lateral de una cara de un cubo (a²):










.

.

La superficie del piso de encima que tendremos que restar es siempre la misma que la superficie superior calculada en el piso anterior, con lo que sólo nos quedará la superficie n², como superficie superior del último piso (equivalente a lo que se vería de la pirámide desde encima, justo desde la verticalidad) De esta manera, observamos que la superficie de los lados es siempre, para cada piso, 4 veces el número del piso: 4n.


Es decir, la superficie lateral a pintar será de:




Arreglando la expresión obtenida, resulta que la superficie que tendremos de pintar en un caso general de una pirámide de n pisos formada por cubo de arista a es:







.

Para finalizar, realizaremos a continuación un análisis de la evolución de esta superficie a pintar en el caso particular de a=1.









.

.

Y ya está:

"Con esto y un bizcocho, !hasta mañana a las ocho!"

.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Los pilares de mi mundo

.

Muchas veces ha venido a mi mente esa vieja canción que, con gran acierto, afirmaba que en la vida hay tres cosas básicas para ser feliz: salud, dinero y amor. No obstante, también hay gente más mundana y superficial que se compran un camión, o un tractor amarillo, y con ello ya tienen su felicidad… zoológica.

.

Mi esquema de felicidad y equilibrio emocional parece que se me ha vuelto –con los años- un poco complejo. Aunque espero que no se me complique más, dudo que esperanzas y realidades sigan el mismo camino.


Bajo mi percepción, soy de la opinión que el equilibrio emocional de una persona se apoya sobre un conjunto de pilares. Unos pilares son sólidos y otros están más débiles, unos son más estables y otros varían de grosor por ciclos temporales. Enfin, que el equilibrio emocional de todo quisqui oscila constantemente. Lo importante es que esa oscilación no se acentúe demasiado, se tambalee todo y el “castillo” en el que estás montado se venga abajo. Para ello, en tu interior, allí donde radican tus sentimientos más íntimos, se establece una constante lucha con el fin de mantenerte erguido sobre esos pilares sobre los que crees apoyarte.


¿De qué pilares estamos hablando? Pues en el de la salud, la economía, las raíces, los hijos, el amor, los amigos, el trabajo, las aficiones,… puede haber más pilares, aunque en este momento no soy capaz de percatarme de ningún otro. Y suele pasar que te percatas de que había un pilar ahí, precisamente, cuando éste se rompe.



Cuando, por circunstancias propias de la vida, hay algún pilar de éstos que se debilita, inconscientemente nos apoyarnos con más intensidad en los otros que los vemos más firmes y seguros con el fin de mantener esa estabilidad emocional. No siempre el pilar dañado es reparado. Unas veces por desidia, otras por profundo dolor, otras por temor a afrontarse al problema y bajar a trabajar en los cimientos del pilar, se acaba creyendo uno – ingenuamente - que “el tiempo” lo sanará, que con “el tiempo” ese pilar crecerá y volverá a ser firme como lo era en un pasado.


Un hecho acontecido recientemente en el trabajo ha hecho que, el pilar donde me había refugiado en los últimos dos años, tambaleara fuertemente. He pasado a encontrarme solo ante las responsabilidades y las decisiones a tomar. Ha sido para mí una sacudida que me ha hecho revisar el conjunto de pilares que soportan emocionalmente mi vida y, entonces, he creído darme cuenta de su débil y frágil estado.


Y como si fuera un síndrome propio del otoño, o algo contagioso, los miedos me han enturbiado el ánimo y el corazón. Miedo a la soledad, miedo a que algo o alguien pueda hacer daño a mis seres queridos, miedo a perderlos, miedo a todo.



Recuperar la confianza y la seguridad; disipar los miedos y fortalecer los pilares dañados; alimentar el alma con amor y crecer en la autoestima; saber escoger bien el camino a seguir y cambiar tu óptica con la que enfocabas los principios y la felicidad de tu vida… no son cosas fáciles ni rápidas. Requiere pensar en soledad, reflexionar sobre qué te ocurre realmente, comunicarte con los demás y en especial con tu seres más queridos, sincerarte y poner en crisis valores que tenias por asentados en tu cerebro desde siempre...


Pero soy muy afortunado porque me han ayudado todos mis seres queridos y, por ello, les agradezco sus abrazos, sus besos y sus reconfortantes palabras.


Os quiero.

.

sábado, 3 de octubre de 2009

La cuestión azul



Hasta hace un par de siglos, los pintores tenían que hacerse ellos mismos las pinturas a base de pigmento y aglutinante. Bueno, puede que algún pintor de elite tuviera un pupilo que le machacara la piedra… aunque eso seria otra historia, que pintaría distinta.

El pigmento se obtenía, normalmente, de minerales, vegetales y materiales de la propia naturaleza. Digamos que, para hacer pigmento ocre, el barro era buena materia prima; para hacer pigmento negro, calcinar huesos o colmillos y luego trincharlos hasta hacer un polvo fino –el pigmento- sería una práctica que se remontaría hasta el hombre primitivo.


Ese pigmento, disuelto en un elemento aglutinante (aceite, cera, resina, yema de huevo, cal,…) permitía que, al “secar” éste, se quedara el color endurecido sobre la base de la representación pictórica, proporcionando dureza y durabilidad a la pintura.


En el mundo de los pintores, habían pigmentos fáciles de obtener y, por lo tanto, económicos y ampliamente utilizados. Sin embrago, hay una espinita, un problemilla técnico, con una pequeña cuestión económica añadida, que tuvo a los pintores en constante búsqueda de solución hasta que, con la llegada de la química industrial y la fabricación de pigmentos sintéticos, se fue encontrando una solución “artificial” al tema. Me refiero al azul.



El azul es un color habitual en la naturaleza. Azul en el cielo, azul en el mar… ¡Pero de ahí no se puede extraer pigmento azul! Así que los pintores buscaron, durante siglos y siglos, cómo conseguir este anhelado color para incorporarlo en sus creaciones artísticas.


Parece ser que los primeros en descubrir cómo hacerlo fueron los egipcios, con el “azul fritta” que era un esmalte (silicato de cobre y calcio) usado en cerámica que al cocer se convertía en azul, luego se machacaba y su polvo era usado en la pintura. Aunque esa técnica se utilizó también en la antigua Grecia y Roma, fue desapareciendo con los años –cuentan que por allá el siglo VII- y también, creo, con la aparición de otros azules más “preciados”.


Y entre los que tomaron el testigo de la moda azul, por sus tonos azulados de elevada belleza, estaba el pigmento procedente del mineral lapislázuli. Las minas estaban en la zona del actual Afganistán y además, como es una piedra semipreciosa, era caro de obtener. Así que, de la misma manera que el color púrpura fue durante muchos siglos un color de alto coste y su tinte era reservado para las capas de los emperadores romanos, el pigmento azul lapislázuli también tomó su fama, su prestigio. Su precio llegó a superar a la del oro y los pintores, si ponían azul lapislázuli en un cuadro de encargo, era previo pacto de cuánto azul y cuanto oro se iba a poner.


Con ese caché que había cogido el color azul, los reyes vestían capas azules y hasta había quien pensaba que su sangre era azul… aunque eso sería también otra historia que es mejor no contarla ahora. El azul empezó a coger durante la edad media el sinónimo de distinción o de realeza, y el pueblo, la plebe, no tenía un acceso fácil a ese color.


La azurita, aunque un poco más verdosa, se usó a menudo también en la edad media como sucedáneo del lapislázuli desde que se descubrieron unas minas en Centroeuropa, pero con poco éxito debido a que este color es menos estable y, con el tiempo, tiende a ennegrecer. Los pintores aprendieron métodos para diferenciar el pigmento de azurita del de lapislázuli, pues en formato de pigmento podía confundirse fácilmente y algunos comerciantes pretendían dar “gato por liebre”.



Y en medio de esa escasa y cara accesibilidad al color azul, aparece en el románico catalán unos exponentes de la pintura mural pintados con sorprendentes colores azules. En especial destaca el Pantocrátor de Sant Climent de Taüll y la Virgen de Santa Maria de Taüll, unas pinturas al fresco que ocupan el ábside central de los templos y que, con su majestuosidad de imponente tono azul, le infiere realeza a la representación de esas imágenes divinas.

Hasta hace poco, la idea del alto coste del pigmento azul de la edad media hacía difícil de pensar el verdadero motivo que promovió al Maestro de Taüll a usar el color azul de una manera predominante en esas imágenes. Además, los maestros que pintaban al fresco conocían que el uso del azul de lapislázuli, aparte de caro, podría decolorarse y degradarse rápidamente con el tiempo al interaccionar con un ácido mineral, con lo que se evitaba el uso del lapislázuli en esta técnica pictórica.

El descubrimiento de antiguos yacimientos de aerinita en el entorno pirenaico ha ayudado a resolver el enigma y a determinar que, a pesar que los tonos de azul son variados en función de las vetas de extracción, el Maestro de Taüll utilizó el azul de aerinita que, excepcionalmente, había en el entorno próximo.


No fue hasta el descubrimiento de América que se observó que los indígenas sintetizaban el azul índigo –también llamado añil- a partir de unas plantas. La explotación colonial produjo gran comercialización de este tinte que, convertido en pigmento, aportó el azul de uso común a la población europea, saciando la inaccesibilidad de otros pigmentos azules, hasta cerca del siglo XIX.


Y a partir de aquí, con la aparición de la industria química, los pigmentos empiezan a sintetizarse. En especial el azul ultramar sintético fue de la misma calidad que el del lapislázuli, y más tarde aparecen los azules de cobalto con tonos desde claros a oscuros (óxidos de cobalto con impurezas de aluminio, zinc o cromo), el azul celúreo y el azul Prusia entre otros pigmentos azules sintetizados artificialmente.



El azul ha sido, desde que la Tierra tiene atmósfera, un color que ha bañado cielo y mar con la natural cotidianidad. Sin embargo, durante muchos siglos, ha sido técnicamente difícil –y caro- reproducirlo en las creaciones pictóricas.