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sábado, 18 de febrero de 2012

El jardín del Edén

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Hace ya muchos, muchos años que, al salir por primera vez al balcón de casa, me sorprendió la imagen del jardín. Recuerdo esa una sensación placentera de paz, una ilusión de poder tener, a escasa distancia de mí, esa enorme copa de palmera de largas y esbeltas hojas que, tendiendo el brazo, casi podía alcanzar.

El jardín del convento se me presentó como un paraíso. Ese silencio moteado por los trinos de los pájaros, ese toque de campana para indicar la comida a la congregación, ese revoloteo de pajarillos despuntando el día, esos cantos gregorianos que se oían como un murmullo de fondo los domingos al mediodía, ese olor de primavera ante la floración de los árboles, esos colores vivos radiando de la pérgola violácea, esos ramos naturales del rosal laureado... Todo eso proporcionaba, tanto a mi como –supongo- a todos los que tuvimos la gran suerte de poder vivir en el entorno cercano al jardín del convento, de una aproximación a lo divino. Fue como poder tener cercana la fuente del Edén y, cuando salía al balcón, absorbía un poco de su preciada ambrosia.


El convento dedicó casi un siglo a ser colegio. Mis hijos asistieron de párvulos, tuvieron el cariño sincero de las monjas misioneras y jugaron, durante unos años, en el jardín del convento. Aprendieron de él, de sus olorosas flores, de sus verdes plantas, de sus dulces frutos, de su húmeda tierra. Y se impregnaron, como nos impregnamos todos nosotros, de esa aura, de ese espíritu que, desde el cielo, descendía a través de los árboles del jardín hasta llenar nuestros corazones.

Hemos disfrutado de un oasis de paz en el centro de una voraz ciudad. Estas palmeras centenarias, esos árboles, llevan en su savia infinitos recuerdos de todos los que vivimos rodeando el jardín. Y el Jardín del Edén nos ha ayudado a todos a Vivir durante muchos, muchos años.


Pero los años han ido pasando, las cuatro enormes palmeras de canarias han sumado otros veinticinco más desde esa primera vez que las vi. Ahora, ya centenarias y con más de quince metros de altura, se enfrentan silentes y junto al resto de los árboles del frondoso jardín a unas amenazas de muerte que, paradójicamente, proceden del sector eclesiástico. No parece que haya piedad, ni misericordia, ni sensibilidad, ni recuerdo, ni nostalgia por esa historia latente en el jardín del convento. No hay valores religiosos, sino económicos, en el obispado de Barcelona.

Sin embargo le debo, le debemos, a ese jardín, a esas palmeras, a esos árboles, a esos pájaros, que salgamos en su inocente defensa. Nos han ayudado a vivir durante muchos, muchos años, aportándonos aire limpio y paz de espíritu. Ahora nosotros debemos ayudar al Jardín del Edén a sobrevivir a estas amenazas del diablo disfrazado con báculo y mitra.

Ojala nuestro jardín del convento cuente también con la gracia de Dios.


Para saber más y mejor visitad la página de http://salvemeljardi.blogspot.com/ o enviar correo electrónico a salvemeljardi@gmail.com




martes, 17 de enero de 2012

Escuchando se entiende la gente

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De nada sirve emanar los pensamientos si no hay un receptáculo apropiado para recogerlos. Ofrezcamos vino, pues, a quien tenga la copa dispuesta para ser llenada con este espíritu.



Creo que hay una parte importante de cada uno de nosotros que se esfuerza en explicar y transmitir su propia opinión, es decir, que nos afanamos en exponer de manera clara y estructurada nuestra visión parcial de una realidad habitualmente compleja. Sin embargo, no solemos dedicar tanto esfuerzo a escuchar, quiero decir, a oír a los demás con el ánimo de entenderlos, de interiorizar su mensaje y a evolucionar en nuestro yo interior libando ese néctar que nos ofrecen bajo una forma aparente de palabras concatenadas.

Me impactó saber que, en media, sólo escuchamos realmente seis segundos de cada minuto de mensaje que oímos. Me vi reflejado en esas estadísticas y mi objetivo personal está en poder elevar en algo esa media.

Sin embargo, para favorecer una escucha completa se requiere ir adquiriendo habilidad en algunos aspectos como:

- La sintonía. No siempre el que habla está en la misma “onda” del que escucha. Si queremos escuchar y aprender de su mensaje, debemos ajustar nuestros registros mentales hasta “sintonizar”. Y sintonizar puede ser sinónimo de escuchar y hablar con el corazón, de abrir los sentimientos hacia la otra persona, de expresar tu opinión personal que te has formado con tu interpretación de la vida. Suele ocurrir que, en ese momento en que se encuentran las sintonías, ambos corazones se abren, los ojos se miran, el tiempo se calma y la comunicación fluye sin obstáculos, casi sin palabras...

- El entorno. El momento y el lugar deben escogerse con esmero para facilitar la comunicación. Sentarse cómodamente en un lugar elegido para escuchar a la otra persona, sin ruidos y sin distracciones. Darle una muestra física de querer realizar una escucha activa, de estar plenamente dedicado a escucharla si así lo desea, es esencial para que emanen sus pensamientos.

- Los prejuicios. Nuestros esquemas educacionales nos limitan el pensamiento y las opiniones acerca de las cosas y los demás. Siendo conscientes de nuestras limitaciones, tradiciones, creencias y prácticas - y sin tener que abandonarlas por ello - debemos procurar abrir la mente para entender y apreciar otras maneras de ver las mismas cosas, comprendiendo así también el comportamiento de los demás y los motivos que los conducen a sus conclusiones y modos de actuar.

- El fondo. Captar la esencia que se esconde tras las palabras, cual es el fondo del mensaje que ha emanado desde el corazón, escuchar al otro con la intención de recibir el espíritu de sus pensamientos es fundamental para conocerlo como persona y para desarrollarse uno mismo en el viaje interior. Hablar se convierte aquí en un poderoso regalo que se ofrece al que escucha. En muestra de gratitud y si las circunstancias son propicias, se puede establecer un diálogo contrastando ideas, experiencias, opiniones y pensamientos, hecho que puede favorecer que la escucha activa sea correspondida bidireccionalmente, enriqueciéndose mutuamente del aumento de perspectiva que ofrece el diálogo desde el respeto de las opiniones personales de cada uno.
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Y es así como se produce un doble efecto mágico al escuchar de verdad a la otra persona. Por una parte, el dedicar la atención que se merece a quien te explica algo desde su corazón la alienta a compartir contigo lo que forma parte de su vida y a exponerte su visión de lo que es cierto para ella. Por otra parte, tras recibir el preciado mensaje, conviene dejarlo madurar en tu interior, darte un tiempo para la reflexión, en silencio. Un tiempo también que sirve para contrastar todas las ideas recibidas y dejar aflorar, poco a poco, la magia del verdadero conocimiento de uno mismo.




Como decía al inicio, de nada sirve emanar los pensamientos si no hay un receptáculo apropiado para recogerlos. Mantengamos, pues, nuestra copa dispuesta para ser llenada con el espíritu del vino que nos ofrecen.
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lunes, 26 de diciembre de 2011

Sentido común

Dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos.

Otros, lo redefinen al estilo de Descartes en su Discurso del Método y dicen que el sentido común es el mejor repartido, pues todo el mundo cree poseerlo en suficiente y justa medida.

Pues bien, no siempre el sentido común ayuda al común de los mortales. Veamos un ejemplo.

Se trata contestar una pregunta simple: En una familia con cuatro descendientes, ¿qué probabilidad hay que sean dos niños y dos niñas?



El sentido común suele actuar en una respuesta rápida, sin demasiada premeditación, y decir que es del 50%. Verdad? … Pues no.

Qué ocurre aquí? Bueno, para abordar el tema vamos a simplificar el problemilla diciendo que, cuando nace un descendiente, éste puede ser niño o niña con exactamente la misma probabilidad del 50%. Hasta ahí, bien. Es genéticamente y matemáticamente aceptable. Pero si no se trata de un único retoño, los cálculos de probabilidades se “alejan” de nuestro sentido común.

Supongo que si este problemilla hubiera sido puesto en un examen de tipo test, tendría cuatro respuestas como:

a) 50%            b) 25%             c) 20%            d) 37,5%

Un segundo enfoque en el que hay más intuición que enfoque científico, es el pensar en un efecto “doble – mitad” y, presuponiendo que hay proporcionalidad inversa en este caso, razonar rápidamente que, “si hay dos hijos –niño y niña- la probabilidad seria del 50%, luego si hay el doble de hijos se divide por dos la probabilidad”… y obtener por consiguiente el resultado del 25%

Pero conviene ir un poco más allá, porque un tercer enfoque más razonable seria pensar en el conjunto de los siguientes resultados de la tabla de verdad:

4 niños y 0 niñas
3 niños y 1 niña
2 niños y 2 niñas
1 niño y 3 niñas
0 niños y 4 niñas

Con lo que si, de las cinco opciones, la combinación de “2 niños y 2 niñas” es sólo una de ellas, podríamos afirmar que la probabilidad es de una opción entre 5 y, por lo tanto, resulta ser del 20%.

Sin embargo, vamos a plantearlo aún de otro modo más detallado, desarrollando todas las opciones de poder tener, parto a parto, uno a uno, estos cuatro descendientes. Entonces, la tabla de verdad resulta ser:



Con este análisis, resulta que, de las 16 posibles combinaciones del conjunto de los cuatro felices nacimientos, sólo 6 soluciones cumplen los deseos de que sean 2 niños y 2 niñas. Y 6 entre 16 corresponde al 37,5%.

Curioso? Ambiguo?

Curioso, sí. Queda claro que el sentido común no siempre funciona. Muchas veces, tal vez funciona, pero no hay que fiarse empedernidamente de él. Sorprende que el resultado no sea el 50%.

Ambiguo? Pues también. Porque se generan las dudas de si el resultado correcto es el 20 o el 37,5%. La respuesta, según la matemática combinatoria, está en que si el parto fuera uno solo (es decir, que no nos importa el “orden” de los hijos porque todos nacen “justo en el mismo momento”) entonces esta probabilidad es del 20%. Pero si se consideran cuatro partos entonces la tabla de la verdad engloba los 16 posibles resultados y la probabilidad resulta ser, finalmente, del 37,5%.

Estos juegos o, según como, malas jugadas que las matemáticas ocasionan al sentido común suelen dar ventaja, en determinadas circunstancias, a las personas conocedoras de las leyes de la probabilidad. Son situaciones que todos, con un poco de tiempo dedicado a entender el problema, podemos resolver. Sin embargo, suele ocurrir que no queremos dedicarle tiempo y esfuerzo a entender el problema con toda su amplitud y nos aventuramos a apostar por una opción poco meditada, basada en la confianza que tenemos de nuestro “sentido común”. Sin embargo, si nuestro oponente tiene la capacidad de conocer y analizar en profundidad la “tabla de verdad” del problema, nos puede ganar la partida.

Parece de “sentido común” que tengamos que analizar todas las variables ante un tema a resolver, sin embargo no es común que actuemos siempre en este sentido.



miércoles, 12 de octubre de 2011

Las visiones de Orión





Hay que buscarla un poco. En las noches de invierno se localiza fácilmente. Está allí, dominando la cúpula celeste. Sin embargo, en verano debes esperar a que la noche esté adentrada, o empiece a amanecer para verla. Y es que unas veces nos visita a los del hemisferio norte que compartimos su custodia con los del hemisferio sur.

Hace unos días que, cada madrugada, busco la constelación de Orión por algunas porciones de cielo que alcanzo a ver mientras voy andando  a la estación del tren. Me parece algo mágico, ancestral, conectar visualmente con unos puntos luminosos que hace miles, incluso millones de años, ya observaba el hombre primitivo. Es como una breve conexión con algo auténtico, genuino, en este entorno tan urbano, tan artificial.


Orión (Salobreña, febrero 2010)

Encuentro algo natural que, el hombre de la antigüedad, en las largas y oscuras noches, se cuestionara todo tipo de preguntas bajo el manto estrellado. Encuentro natural que asociara ingenuamente grupos de estrellas formando conjuntos e imaginándose figuras diversas. Y encuentro natural, pues, que las diversas civilizaciones creasen historias mitológicas que, basadas en esas figuras del firmamento, intentaran aportar algunas respuestas alegóricas a las grandes preguntas de la humanidad.

Lo primero que destaca de Orión es el cinturón. Tres estrellas brillantes, azuladas, alineadas y “relativamente” próximas entre ellas. Se trata, de izquierda a derecha y atendiendo a los nombres que proceden de la astronomía árabe medieval, de Alnitak, Alnilam y Mintaka. Traducidos, dicen que significa respectivamente faja, collar de perlas y cinturón.

También destacan otras estrellas brillantes que nos sugieren relacionarlas con el cinturón. Dos de ellas son soles gigantes llamadas Betelgeuse y Rigel, que junto con otras dos de menor magnitud, Bellatrix y Saiph, dibujan un cuadrilátero imaginario que encierra en su interior el cinturón. Finalmente, otros puntos luminosos que nos van apareciendo en la medida que vamos acostumbrando nuestra vista a la oscuridad, nos acaban de sugerir la silueta de nuestra admirada constelación. Orión.

Sabido es que, por el entorno de Alnitak, existen nebulosas como la de la Llama o la de la Cabeza de Caballo. También se localizan, relativamente cercanas, las nebulosas de Orion o la de De Mairan. Todo un apasionante y enigmático trozo del universo que ha sido profundamente estudiado y del que se han obtenido imágenes espectaculares.




Y, tal vez, por la peculiar silueta de esta constelación, ha sido protagonista importante en la mitología de bastantes civilizaciones.

Existe bastante literatura acerca de Orión en la mitología griega, de este gran cazador se desdoblan versiones sobre su procedencia, su vida y su muerte. Todas ellas, seguramente, con importante carga alegórica. Me llama la atención una versión acerca del porqué está Orión en el cielo: Artemisa se había enamorado de Orión, el apuesto cazador, lo que provocó los celos de Apolo, hermano gemelo de Artemisa. Un día que Apolo vio a lo lejos, en el fondo del bosque a Orión, desafió a su hermana a que acertara a cazar lanzando una flecha a aquel animal que apenas se veía entre los árboles. Artemisa acertó y cuando supo que había matado a su amado fueron tales sus lamentaciones que los dioses decidieron ponerlo para siempre en el cielo para consolarla.


En la civilización egipcia también hay abundantes referencias a esta constelación puesto que la relacionan con Osiris, dios de los muertos. Osiris, hijo de los dioses Geb y Nut, se convirtió en faraón tomando como esposa a su hermana Isis. Pero los celos hicieron que el hermano Set matara a Osiris, lo descuartizara en catorce pedazos y los esparciera. Isis realiza una larga y penosa búsqueda de esos trozos de su amado y consigue encontrarlos todos excepto el falo. Entonces Isis recompuso a Osiris, lo embalsamó, le dio vida eterna, se impregnó de él y engendró a Horus, dios del Sol. Esta historia mitológica de gran trascendencia en la civilización egipcia, infiere a su vez una gran importancia a nuestra constelación. Así, hasta aparecen estudios que afirman alineaciones y estudiadas relaciones entre las pirámides y estas estrellas de la constelación de Orión.


En China, curiosamente, a esta constelación se le conocía como Tsan, que significaba cazador y guerrero. El cinturón lo identificaban con la mansión Shen, eterno adversario del Shang, cuya mansión estaba en Antares, de la constelación de Escorpio. Hecho también que se identifica con una versión de la muerte de Orión que, en lugar de ser la mortal flecha lanzada por su amada Artemisa, es Gea que se enfada con Orión y lo mata provocando la picadura del escorpión.

En la cultura maya y a partir del Mito de la Creación del Popol Vuh, se constata que tres estrellas del cinturón de Orión se corresponden con una tortuga de la que, por su concha agrietada, surgió el Dios del Maíz. Asimismo, también la tradición maya identifica otras tres estrellas de la constelación de Orión que dibujan el triángulo inferior (Alnilam, Riguel i Saiph) con “las tres piedras” que, en su interior, se genera la “creación”. Y es que sitúan el origen del Mito de la Creación en las nebulosas de De Marian y de Orion.

También, a modo de lenguaje secreto, se observa una profunda relación de Orión con la postura del Loco, en el primer arcano mayor del Tarot. Tal vez esta apreciación se reafirma con la presencia del perro a sus pies, que se correspondería con nuestra constelación del Can Mayor.


Finalmente, creo que es de destacar que las tres estrellas del cinturón de Orión se han querido identificar, en algunas teorías, con los Tres Reyes Magos. Curiosa identificación puesto que su dirección apunta hacia donde se encuentra Sirio, una estrella muy brillante de la constelación del Can Mayor que se identifica también con la diosa egipcia Isis. Diosa que se “traslada” conceptualmente a la virgen María y que, prolongada esa dirección en la cúpula celeste por las fechas navideñas coincide con el lugar del horizonte donde nace el Sol.

Tenemos grandes teorías, antiguos mitos y una enorme cantidad de datos científicos acerca de la constelación de Orión y sus cuerpos celestes. Sin embargo, tras miles, incluso millones de años, continuamos sin conocer apenas nada. Así es el Universo: maravillosamente infinito.




domingo, 21 de agosto de 2011

Percepción

Todos hemos oído hablar alguna vez que nuestro ojo sólo es capaz de ver una estrecha banda del espectro de las frecuencias electromagnéticas. Son las que le llamamos comúnmente los colores de la luz visible. Es decir, vemos el mundo que nos rodea limitados por una pequeña ventana entre los ultravioletas y los infrarrojos. Sin duda, pues, al mirar un objeto tenemos una percepción limitada de su “realidad”.


Pero la percepción que se puede tener de una misma realidad varía en función de gran número de factores. No todo el mundo ve lo mismo, ni percibe la misma “realidad”, o vive la misma “situación” de un mismo modo.

Para analizar estos aspectos de la percepción me atrevo a distinguir dos grandes estadios: el de los sistemas sensoriales y el de los sistemas cognitivos.



Sistemas sensoriales

Nuestra mente percibe estímulos y sensaciones del mundo en el que estamos inmersos a través de los sentidos. Tradicionalmente hablamos que la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto se encargan de utilizar los órganos sensores de nuestro cuerpo. Así, los ojos, los oídos, la pituitaria, las palpitas gustativas o la piel, captan los estímulos del mundo exterior y los transmiten por el sistema nervioso al cerebro.

Hasta aquí, el proceso de percepción podría considerarse más bien automático o reflejo. No obstante hay factores físicos que pueden modificar la percepción de la “realidad”. Por ejemplo, factores climáticos, de ruido o de iluminación pueden hacer que los estímulos que reciban nuestros sentidos de una misma “realidad” sean distintos de un momento a otro. Ver un mismo paisaje en un día de lluvia o soleado, con frío o con calor, de día o de noche, nos proporcionará un variado surtido de percepciones de una misma realidad.

También los órganos sensoriales pueden tener grados de eficacia en función de la persona. Se suele perder grado de visión y de oído con el paso de los años, así como puede haber otras alteraciones físicas en algunos de nuestros órganos sensores que nos limiten la percepción del “mundo exterior”.



Sistemas cognitivos

Por una parte, nuestro cerebro actúa selectivamente para concentrar la atención en el estimulo que le llega y que más nos puede interesar según el momento. Focaliza –por ejemplo- en el gusto, vista y olfato si se trata de saborear una comida; o se concentra en el oído y la vista si se pretende conversar con otra persona. Así, a pesar de que el cerebro recibe seguramente todos los estímulos procedentes de los sentidos, muchos de ellos son neutralizados a nuestra conveniencia para darnos una percepción selectiva de lo que nos llega de ahí fuera. Es por este motivo que podemos estar viendo algo pero sin embargo no estar mirándolo, o bien podemos anular mentalmente la atención a un ruido repetitivo como, por ejemplo, el paso de trenes cerca de nuestra vivienda.

Pero el cerebro, por otra parte, procesa a través de unos filtros esa información recibida de los sentidos y nos proporciona nuestra particular percepción de la situación. Este filtro está confeccionado por un complejo sistema de factores cognitivos tales como:

- Las expectativas de lo que nos gustaría percibir a través de ese sentido.;
- Las experiencias vividas en el pasado. 
- Las motivaciones que conducen nuestra existencia.
- Las emociones que sentimos en ese momento.
- Las actitudes que conforman la personalidad propia de cada uno.
- El tipo de cultura, ideología política o religiosa.
- La educación recibida hasta ese momento.
- Las condiciones de contorno existentes en esa “situación del mundo exterior”

Asignamos un nivel de importancia a cada uno de estos filtros para, finalmente, tener nuestra propia percepción de “cómo vivimos” una situación del mundo exterior. Obtenemos así nuestra particular visión, nuestra percepción.

Conocer los mecanismos de percepción que actúan en la mente de uno mismo es un ejercicio interior que te permite reflexionar sobre cada uno de ellos y revisar el peso relativo que pretendes otorgarles en cada caso. También te permite modificar la estructura del filtro cognitivo si así lo estimamos conveniente. Todos, en un mayor o menos grado, realizamos ese proceso interior del “conócete a ti mismo” a lo largo de la vida.


La realidad debería ser única y objetiva, pero, como decíamos al principio, no todo el mundo ve lo mismo, ni percibe la misma “realidad”, o vive la misma “situación” de un mismo modo. Algunas veces podemos intentar acercarnos a la percepción que puede tener otra persona ante una situación concreta. Analizar los mecanismos que, posiblemente, le intervengan en función de su personalidad, de nuestro conocimiento de sus experiencias vividas, de lo que le “mueve” en el fondo… nos permite enriquecer nuestra propia percepción con la visión de la otra persona. Nos permite entender sus reacciones ante esa situación vivida y nos permite, en definitiva, ampliar ese estrecho ángulo de visión de nuestra propia percepción.


martes, 10 de mayo de 2011

La cintura de Casiopea

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Como un valioso legado de la presencia musulmana en la península, proliferaron en la edad media unos códices que trataban sobre las propiedades curativas y mágicas de las piedras. Eran los llamados lapidarios.

Los lapidarios relacionaban las propiedades mágicas de los diversos minerales con las constelaciones celestes. Creían que cada piedra recibía la influencia de una estrella y, además, sus poderes variaban en función del ciclo zodiacal.
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Los lapidarios más conocidos son los que mandó redactar el rey Alfonso X el Sabio y que se conservan en la Biblioteca de El Escorial. Aunque, con el paso de los siglos, fueron numerosos los tratados que estudiaron los poderes mágicos de las piedras.
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Ante el gran número de incunables y su diversidad de contenido -abierto a especulaciones-, y ante el avance de ciencias médicas basadas en las propiedades curativas de las plantas (y más adelante de los hongos), esta “ciencia” fue evolucionando hacia la actual identificación de determinados minerales con algunas propiedades “sanadoras”.
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En los lapidarios se repetían varias miniaturas de cada constelación, pero en cada iluminación se representaba un punto dorado en un lugar distinto indicando la estrella que gobernaba los poderes de cada piedra estudiada. En la imagen, se puede apreciar la representación de Casiopea, o “Mujer sentada en una Silla”, con un punto dorado en la cintura.

Al margen del “culebrón” mitológico de esta reina de Etiopía que comparó la belleza de su hija Andrómeda con las hijas de Nereo; Casiopea es una constelación de fácil identificación en el firmamento ya que, a simple vista y en cualquier época del año, se pueden apreciar 5 de sus estrellas de mayor luminosidad que forman una W, con su parte ahuecada hacia la estrella Polar.
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De entre estas estrellas, la de mayor brillo aparente corresponde a Schedar (alfa-Cassiopeiae), una estrella gigante naranja de magnitud 2,2. Otras dos estrellas adyacentes le siguen en luminosidad: Caph (beta-Cassiopeiae) una sub-gigante blanco-amarilla que se situa en el extremo derecho de la W, y Tsih (gamma-Cassiopeiae), una estrella eruptiva variable en intensidad en el centro de dicha W, y que corresponde, a su vez, a la cintura de nuestra reina Casiopea.

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martes, 1 de febrero de 2011

La comunicación no verbal del cuerpo



Dentro del estudio de las comunicaciones no verbales, existen básicamente las siguientes categorías conductuales relacionadas con la postura del cuerpo y su movimiento durante los contactos interpersonales:

Emblemas. Los emblemas son los actos de comunicación no verbal que tienen una traducción verbal específica conocida por la mayoría de los miembros de un grupo de comunicación. Son ejemplos ampliamente conocidos el aplaudir para aprobar, ondear la mano cuando se deja un lugar o inclinar la cabeza hacia delante en señal de acuerdo.

Ilustradores. Los ilustradores son actos de comunicación no verbal íntimamente ligados al discurso hablado. Son pautas de movimiento del cuerpo que se producen simultáneamente con ciertas pautas del habla, produciendo una sincronía habla-movimiento corporal y constituyendo un mismo sistema.
Se podrian considerar dos puntos de vista en relación a los ilustradores.
Por una parte, entre dos interactuantes, se tiende hacia una sincronía en sus posturas corporales. Ambos se mueven de manera imitativa.
Incluso se ha investigado sobre la tendencia a igualar la duración de la intervención, el volumen de la voz, la latencia conversacional, el ritmo del discurso o la duración del silencio.
Y por otra parte, también algunos movimientos están tan ligados al proceso de codificación del habla que son virtualmente manifestaciones motrices del proceso. Los movimientos tienden a integrarse rápidamente en una unidad codificada o según determinadas pautas del habla.
Algunas pruebas de sincronía interaccional son las reacciones de los oyentes en forma de vocalizaciones (“mhmm”, “Ya veo” y otros comentarios), cabezadas y movimientos de manos y pies que tienden a producirse al final de las unidades rítmicas del discurso del hablante, o la tendencia a acompañar con movimientos las palabras enfatizadas vocalmente.

Reguladores. Los reguladores son actos de comunicación no verbal que mantienen y regulan la naturaleza alternante de hablante y oyente entre dos o más interactuantes. Dentro de esta taxonomía, se pueden analizar los principales actos conductuales que se producen en las conversaciones:
Los saludos y las despedidas. Son reguladores que conllevan información acerca de la relación entre los dos comunicantes. Algunos investigadores distinguen hasta seis etapas en los saludos que se inician a distancia, y además, sostienen que la retórica de la despedida tiene las funciones de señalar el final de la interacción, de resumir a menudo lo esencial de la comunicación y de expresar una actitud de apoyo mutuo.
El turno en las conversaciones. Son reguladores que producen una alternancia hablante – oyente. En función de la eficacia de la alternancia se puede provocar las consideraciones de grosero (interrumpe demasiado), dominante (no cede suficientemente el turno) o frustrante (es incapaz de una aportación importante). Es interesante observar estructuradamente el modo en que el hablante, por medio de la conducta no verbal, puede ceder o mantener su turno para hablar y, también usando comunicación no verbal, cómo el oyente puede solicitar el turno de la conversación, o rechazarlo.

Adaptadores. Los adaptadores son actos de comunicación no verbal que ejecutamos respondiendo a ciertas situaciones de aprendizaje. Relacionan diversos movimientos del cuerpo con estados afectivos o anímicos, o con la experiencia emocional que produce la comunicación. En general, los adaptadores están ligados a sentimientos negativos, angustia, disconformidad, hostilidad encubierta o preocupación respecto de uno mismo.

Con este conjunto de categorías conductuales expuestas, las comunicaciones que se realizan a través de movimientos corporales se podrían agrupar en los siguientes principales tipos de conducta específicos:
Comunicación de actitudes. Se pueden identificar diversos indicadores del lenguaje del cuerpo que comunican actitudes de calidez o frialdad, gusto o disgusto y otras conductas como la disposición para el galanteo, el acicalamiento, las señales posicionales o las acciones de invitación.
Comunicación de estatus. Se identifican un grupo de indicadores no verbales de estatus o poder, como el uso de la posición de los brazos en jarra, ornamentación de la vestimenta con símbolos de poder, o movimientos y posturas más expansivos entre otros indicadores.
Comunicación de engaño. Se pueden definir algunas señales no verbales que delatan el posible engaño en el mensaje hablado, como por ejemplo el movimiento de piernas, pasarse la mano por la boca, menor mantenimiento de la mirada, el uso de adaptadores más prolongados o tener más lapsus verbales, entre otras señales.


A pesar de esta estructuración realizada para el análisis de la comunicación no verbal ejercida por la postura y el movimiento del cuerpo, soy de la opinión que, para analizar una conducta no verbal, hay que evitar los encasillamientos del tipo “un movimiento o una postura – un significado”.
Comparto la opinión de los investigadores expertos en esta materia en cuanto a que la comunicación no verbal se proyecta por “haces”. Del mismo modo que una palabra puede tener registros distintos en función de su contexto, los movimientos del cuerpo o las posturas adoptadas pueden tener diversos significados según la situación, el entorno o el sistema relacional.
No obstante, el lenguaje no verbal mantiene ciertos paralelismos con el lenguaje hablado. Y es en esta congruencia, en esta perspectiva contextual, donde radica la importancia de conocer sus fundamentos, pues facilita las claves para obtener una comunicación más eficiente.





domingo, 30 de enero de 2011

Cambiando el chip



Ya sea en organizaciones, en grandes o en pequeñas empresas, o en la propia vida, los cambios son un proceso que parten de una situación para llegar a otra. Sería un engaño decir que siempre es un proceso que evoluciona hacia una situación mejor, aunque esto es siempre lo deseable.
La vida está llena de continuos cambios, lo queramos o no. Reflexionando un poco sobre ellos, me aventuraría a sintetizar algunas consideraciones o características comunes.





El punto de partida
Hay cambios que vienen motivados por una decisión propia, personal, de creer en una nueva y mejor situación. Vislumbras el objetivo al que quieres llegar, lo valoras firmemente como algo mejor que quieres conseguir, crees en él y lo dibujas en tu mente, o sobre un papel, tal vez con la intención de que, como Pigmalión con su Galatea, el sueño deseado se convierta en realidad.
Sin embargo, hay otros cambios que te sobrevienen en la vida. No has escogido tú el nuevo objetivo, la nueva situación. Pero te encuentras ahí, iniciando un proceso de cambio donde te das cuenta que no hay posibilidad de retroceder en el tiempo. Unas veces son cambios predecibles, otras veces ocurre que algún factor del subconsciente ha hecho que los presientas, otras el cambio es ordenado por una persona cercana o por un estamento jerárquico superior, y otras ocurre que el detonante del cambio llega sin más, sin avisar.
Tal vez podríamos mencionar otros puntos de partida de los cambios. Aquellos que otras personas, desde una óptica y perspectiva distinta a la nuestra, nos aconsejan que realicemos en nuestra vida para así mejorar nuestra situación. Sin embargo, éstos no pueden considerarse cambios como tal hasta que uno no tome la decisión propia de evolucionar hacia una nueva situación personal.

El camino
Cuando se ha iniciado un proceso de cambio, sobretodo en los que no es uno el que así lo ha decidido, suele haber un inicio del camino más o menos traumático. Nos surge nuestro natural miedo ante lo desconocido que frena nuestro deseo de ir hacia ese lugar, hacia ese futuro del que apenas tenemos un esbozo. Dudas si el dibujo está bien hecho. La angustia por cómo será el camino a recorrer a partir de ahora, junto con la nostalgia por cómo estábamos en la antigua situación, aunque ya forme parte de tu historia personal, nos causa pasar por episodios de quererse aferrar en el pasado, de querer inmovilizar nuestra vida en una situación que nos era cómoda, pero que ya no se da, ni se puede dar de nuevo.
A pesar de todo, con los días, el camino va andándose. Los problemas de la nueva situación van surgiendo y, tal vez, es cuando vas aplicando racionalización al cambio, día a día, para ir solucionando esos inconvenientes bajo la óptica de la nueva situación. El trabajo de esta etapa es más bien mental, requiere reflexión, ya sea a nivel individual o colectivo, para evolucionar racionalmente y hacer los cambios culturales que, tal vez, se requieren. Esta racionalización es la que te facilita, poco a poco, el convencimiento propio de que el cambio, dadas las circunstancias, era necesario y percibes la nueva situación de una manera más visible, más clara. Poco a poco, vas dejando de mirar atrás y, sin darte cuenta miras cada vez más confiado hacia delante.



El punto de destino
Empiezas a ver adónde quieres ir, aflora el entusiasmo en tu corazón y crecen las ganas por llegar. Disfrutas de los nuevos momentos vividos y tu optimismo aprecia las ventajas de la nueva situación. Te sientes pleno, entusiasta por el logro conseguido y te valoras integrado en el dibujo que, tiempo atrás, a pesar del temor que sentías, te habías imaginado.
Siendo conscientes de encontrarse en ese estadio, conviene cuidarlo con esmero, saborear el inicio de esa nueva etapa con la mayor intensidad posible y desear que el periodo de estabilidad en esa nueva situación donde te sientes bien sea largo.
Un principio del Kybalión dice que “No hay nada quieto. Todo se mueve. Todo vibra”. Efectivamente. Pero conocer este principio, interiorizarlo, y ser conscientes del proceso habitual que todo cambio comporta, debería ayudarnos a poder trabajar para ejercer mayor control sobre la duración de sus ciclos, así como ayudarnos a tomar las decisiones propias de cambiar en aquellos aspectos de nuestras vidas en las que, pensamos, podemos mejorar.


domingo, 5 de septiembre de 2010

El forjado de un "tetramorfos" secreto

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Los tetramorfos ocupan lugares destacados en los templos románicos como pueden ser los ábsides, tímpanos o capiteles. Sin embargo, hay otros discretos objetos en el románico que también contienen, secretamente, la esencia de los cuatro elementos del tetramorfos - tierra, aire, fuego y agua - : los herrajes forjados.





Tierra
El hombre, a fuerza de golpes de pico, extraía la piedra rojiza de las minas que penetraban lentamente hacia las entrañas de la tierra siguiendo sus oxidadas venas. El mineral, de alto contenido en óxidos de hierro y que, en forma de rocas y bloques, atesora la sangre de la tierra, era transportado hasta un lugar cercano a la boca de la mina.

De nuevo, a fuerza de golpes de pico, el minero molía el mineral y amontonaba los preciados fragmentos junto al horno.


Aire
El hombre, a fuerza de golpes de hacha silbando al viento, talaba los árboles del entorno de la mina. El ruedo del claro en el bosque iba creciendo, con el paso del tiempo, alrededor del yacimiento. La madera, esa fuente de energía viva que, a base de respirar por sus hojas y recibir la fuerza del Sol, crece lentamente hacia el cielo, guarda en su esencia el aire, el soplo de Abraham, como una singular manifestación de la Vida en la Naturaleza.

De nuevo, a fuerza de golpes de hacha, el leñador troceaba troncos y ramas convirtiéndolos en inertes leños y amontonaba los preciados fragmentos dejándolos secar pacientemente.


Fuego
El carbonero apilaba los leños secos en sabia disposición, los cubría con ramas tiernas y tierra para evitar que el aire penetrara hacia el interior de la pila y prendía fuego en el corazón de la carbonera. Lentamente, la acción de un ahogado fuego iba avanzando por el montón convirtiendo los leños en un preciado carbón vegetal.

El fundidor, que en la época del románico usaba aún rudimentarios hornos de tiro forzado manual normalmente construidos junto a la mina, calentaba el mineral a base de carbón, aire, fuego y paciencia hasta conseguir derretir el hierro contenido en la piedra. Llegado el momento oportuno, sacaba del horno una masa porosa de basto hierro.

Agua
El hombre, que en la época del románico ya usaba las ferrerías construidas junto a un río, aprovechaba la fuerza hidráulica para hacer que un enorme martillo golpeara continuamente contra el yunque. Así de nuevo, a fuerza de golpes de mazo hidráulico o manual, el ferrero compactaba la masa porosa de hierro, expulsaba las escorias e impurezas que contenía y daba, lentamente, la primera forma purificada a esa dúctil masa, normalmente, modelando una tosca vara de hierro.

El ferrero usaría también, seguramente, la fuerza del agua para hacer que dos enormes fuelles se abrieran y cerraran alternativamente para conseguir avivar, en corriente continua de aire, el fuego de la fragua junto al yunque y así poder calentar a conveniencia la masa de hierro en estas primeras operaciones de herrería.


Tetramorfos
Y es así como el forjador, cual maestro herrero y artista en el trabajo con el hierro, utilizaba como materia prima esas varas de hierro dúctil suministradas por las ferrerías.

Lentamente, ablandando y trabajando el material, a golpes de martillo contra el yunque. Pausadamente, ensamblando piezas con encajes y abrazaderas meticulosamente elaboradas con el mismo metal. Tranquilamente, calentándolo en la fragua hasta coger el color del Sol del amanecer. Bruscamente, templándolo a conveniencia sumergiéndolo repentinamente bajo el agua.

Así, gradualmente, el forjador forjaba su forja a fuerza de golpes certeros, conjugando en su oficio las dosis oportunas de tierra, aire, fuego y agua. Así, poco a poco, iba convirtiendo el maleable y basto hierro en rejas ornamentales, herrajes para embellecer y reforzar las puertas, o pernos y tiradores con motivos decorativos.





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Se conoce poco de los maestros de la forja de la época del románico, aunque sí se tienen numerosas muestras de su obra que, por lo general y a primera vista, a parte del atractivo estético, cumplen una función más utilitaria que simbólica. Podríamos citar dos destacados ejemplos representativos visitados recientemente:

Las rejas de la colegiata de Sant Vicenç de Cardona, fechadas por el siglo XIII, formadas por barrotes de sección cuadrada unidos por unas espirales dobles que se encuentran cogidas a los barrotes por abrazaderas.







Los herrajes de la puerta de Sant Feliu de Beuda que, a pesar de que la madera haya sido reemplazada en posteriores restauraciones, se conservan los herrajes románicos. Cabe destacar las habituales formas espirales que se utilizaban en este tipo de elementos, así como el trabajado perno que simula a un animal fantástico como guardián de la cerradura del templo.





Tal vez, en la visita a un templo románico, se es poco consciente del sutil simbolismo oculto bajo el modesto conjunto de trabajados hierros. Sin embargo, el proceso de transformación que se requiere para convertir la impura materia primera en una bella pieza forjada, probablemente, guarda una curiosa analogía con nuestro proceso de evolución interior.

La forja. He aquí la esencia de los cuatro elementos del tetramorfos guardados secretamente tras la belleza artística de una pieza forjada.
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domingo, 18 de julio de 2010

Al final de la cola

La teoría de colas nos muestra cómo hay matemáticos que intentan modelar, bajo formulaciones limitadas, cuestiones reales y cuotidianas.

Podríamos decir que la teoría de colas analiza un tipo de problemas de optimización, de cómo encontrar el punto de equilibrio entre la calidad de servicio (es decir, la paciencia de los que esperan en una cola) y la cantidad de servicio (léase cuantos trabajadores hay que poner para atender a los clientes, con el menor coste)

Desde el ritmo de llegada de los clientes a la cola, la distribución de cómo llegan a lo largo del tiempo, la capacidad de la cola, cómo se gestiona el turno en la cola, el método de atención, el número de servidores que atienden el público, el tiempo medio de atención de cada cliente, la desviación típica de estos tiempos de atención... son muchos los factores que intervienen en el análisis detallado de este tema. Y además los matemáticos se lo pasan de rechupete haciendo llegar a los clientes al ritmo exponencial de Poisson, o marcando a los trabajadores que atiendan al público según la distribución de Weibull. Fascinante!

Sumamos ahora el comportamiento de los clientes: hay que abandonan la cola, espabilados que se cuelan, unos que no se unen a la cola al ver su longitud, otros fieles que no dejan la cola aunque ésta sea interminable... pacientes e impacientes.

Para acabarlo de aliñar, el modelo que se consigue después de poner todo estos factores bajo notación matemática, se comporta bien cuando se llega a un estado estacionario, pero en los transitorios difiere bastante del comportamiento real. Y en la realidad de muchas colas abundan los transitorios, ya que el servicio suele ceñirse a un horario, pueden haber interrupciones, etc.

Así que los matemáticos se han sumado a los informáticos para abordar este problema y han programado herramientas de simulación. Aunque no sea una panacea, ahora pueden abordar mejor los transitorios, simular el comportamiento bajo suposiciones diversas y experimentar rápidamente multitud de opciones obteniendo la mejor solución para cada caso.

Parece fácil. Al menos a mi me parece sumamente interesante el tema. Pero de hecho, en la gran mayoría de situaciones reales esto de las colas se soluciona sobre la marcha, con la simple experiencia: “Si hay mucha cola y veo que los clientes se quejan, pondré a otro trabajador a atenderlos”.

Aún así, hay situaciones que son analizadas en profundidad optimizando costes de explotación del servicio -y aumentando los beneficios- a costa de poner al límite la paciencia del cliente. Aplicaciones como las colas en puntos de atención al cliente de grandes empresas o de las líneas de cajeros en supermercados, pasando por los flujos de paquetes en una empresa de mensajería hasta el dimensionado de una red informática según los flujos de información que soporte.




Mucha teoría, pero no nos olvidemos que el cliente sabe que siempre prevalece la Ley de Harper:

“No importa en qué cola te sitúes, la otra siempre avanzará más rápido”

miércoles, 23 de junio de 2010

Solsticio

Hoy, que el calendario solar llega a su momento cumbre, que el Sol ha alcanzado el punto más alto en el cielo proyectando al mediodía la sombra más pequeña de todo el año. Hoy, que ha coincidido este año con el primer día de sofocante calor anunciando la llegada de las canículas, he sentido la imparable necesidad de dedicar estas breves líneas al solsticio.



Desde periodos muy remotos que el hombre observó el ciclo anual del paso de las estaciones, sufrió los crueles inviernos y los tórridos veranos; evolucionó por los diversos calendarios –contando fases lunares y meses solares-; fijó las fechas de máxima, igual y mínima duración del día y la noche; midió los ángulos, los puntos y momentos de la salida y puesta del Sol; le construyó templos y le dedicó alineaciones sagradas; y le dio categoría de divinidad y de astro creador.

Y es que es evidente que el Sol es nuestra fuente de energía y de vida en la tierra. Nuestra sensible existencia pende de unos estrechos rangos de la radiación solar que nos llega a la superficie del planeta. Por ello, no es de extrañar el reconocimiento de la humanidad al astro rey, y la dedicación de celebraciones especiales en las fechas solsticiales.

Fiestas con hogueras como protagonista, intentando imitar la fuerza solar, que se han celebrado tradicionalmente desde épocas antiguas. Donde sus llamas contribuyen, también, a los efectos mágicos de purificación, de curación, o de encuentro de amores. Y es que dicen que, además, estas fechas son propicias para los rituales y para la magia. Será verdad?

domingo, 23 de mayo de 2010

Una pizca de sal

La halita es un mineral muy abundante en la Tierra. Bueno, en la tierra y en el mar.


Porque este salado haluro se encuentra disuelto en el agua del mar ofreciéndonos su peculiar sabor. ¡Mecachis en la mar! Y es que así, ofrece distracción a la plebe que se va preguntando porqué el agua del mar es salada y ofrece trabajo a unos cuantos que embalsan un poco de mar en una gran extensión de poca profundidad y dejan que el Sol evapore el agua… un trabajo paciente que compite en antigüedad con otros oficios que alardean de ser de los más antiguos. Sin embargo, destaca aquí la originalidad del nombre. A ese lugar en donde se obtiene nuestro preciado mineral le pusieron, después de pensárselo mucho, el nombre de… ¡Salina!


Y también, en la tierra, nos aparece halita en forma de sal gema, o sal de roca para los amigos. Sí, en yacimientos de terrenos sedimentarios… es decir, en lugares donde hace millones de años era un fondo marino expuesto al sol. Se secó el mar y se quedó el poso residual. ¡Qué cosas pasaron en el Cuaternario!, ¿No?


Es común que conozcamos una pizca acerca de la sal… Como condimento en la comida, por ejemplo, la sal pasa desapercibida disuelta en las comidas si está en su justa medida. Ahora bien, no te pases ni te quedes corto porque su exceso, o su defecto, no nos permite saborear bien aquello que comemos.

Y es que, tal vez, cuando nos preguntan acerca de ese típico dilema de ¿Quién fue primero, el huevo o la gallina? Tendríamos que responder… la sal. Porque el uso de la sal es ancestral. Seguro que hasta el homo antecesor se comía los huevos con un poco de sal… Bueno, bromas a parte, el uso alimenticio de la sal proviene, seguramente, de cuando descubrieron –por azar, seguro- que se podían conservar los alimentos en salazón. En especial, los pescados y las carnes se deshidratan al ser recubiertos con sal. Tal vez por ello, los alimentos se tomaban bastante salados e, incluso, se hacían comidas, como el garum que, sólo por su nombre, ya cuesta atreverse a probarlo. Y la sal, con el tiempo, acabó por manchar, etimológicamente hablando, muchas comidas… y si no que se lo pregunten a las ensaladas, a las salsas, a las salchichas o al salmorejo!

Aunque parezca mentira, en épocas antiguas, la alta demanda de sal para conservar alimentos elevó su precio hasta valores que llegaron a superar el del oro. Así, la sal fue utilizada como moneda, pagándose con sal los salarios… y con honor… ¿Los honorarios? Pero, dicen, que todo lo que sube, baja. Y eso le ocurrió hace un par de siglos al precio de este mineral comestible: se desplomó. Dicen, también, que la culpa la tuvieron las nuevas tecnologías de conservación de alimentos que se inventaron el “refigerator”. Otros apuntan a las manías de los médicos en que comamos con poca sal para que no nos revienten las tuberías sanguíneas con una cosa que le llaman “hipertensión”… Pero no sólo bajó la demanda de sal, sino que la ley del mercado económico pinchó también porque aumentó la oferta de sal, y es que también se tecnificaron los sistemas de obtención del cloruro de sodio, o sea, de la sal.


Pero no todo el monte es orégano, ni toda la sal es cloruro sódico. Hay otras sales en el mundo, y si no que se lo pregunten a los que se pegan baños con unas de aromas a jazmín o con esencia de almendras. Pues bien, también se extrae sal en explotaciones mineras de, por ejemplo, cloruro potásico o de cloruro magnésico. Y ¿Para qué?, pues debe ser para abastecer a la industria química que va como loca queriendo obtener cloro, potasas, explosivos, abonos sintéticos y cosas de esas…


Pero, en esencia, ¿Por qué la sal está tan unida al hombre? Pues porque hay alguna razón ancestral que absorbe el seso humano hasta el punto de que lo han usado en sus rituales como generador de pureza, como protector contra los demonios o como absorbente de las malas acciones de los espíritus… y, en las religiones, a parte de ser usada como ofrenda en ceremonias, también era usada por Dios como castigo, si no ¡Que le pregunten a Lot qué le pasó a su mujer por darse la vuelta al huir de Sodoma!

Y para acabar con este saleroso tema, aunque muchos no nos enteramos, utilizamos en nuestro interior la sal como fijadora, haciendo que el mercurio acepte el azufre, o algo así. Pero en esos alquímicos temas, no hay cuerpo, ni sal, ni homus virtualis que lo llegue a entender.


miércoles, 14 de abril de 2010

Mercuriales del Montcau

Un impulso inconsciente nos influyó hace poco a realizar un determinado ritual. Nadie nos había contado nada antes, pero lo intuimos. Supimos, como si de un acto de nuestro instinto humano se tratara, que teníamos que hacerlo. Y lo hicimos.

Algo primitivo, ancestral, se apoderó de nosotros al ver el lugar privilegiado: un lugar elevado de la montaña, un llano de reducidas dimensiones con un único acceso a pie y rodeado de escarpados precipicios, un punto privilegiado de la orografía que ofrecía unas espléndidas vistas hacia diversos valles y hacia las montañas de singular forma montserratina… en definitiva, un enclave digno para construir un templo.



Y, como si de un singular templo se tratara, en este lugar especial había un número considerable de montones de piedras. Unas torrecillas más grandes y otras más pequeñas, esparcidas por la limitada extensión del altiplano, que se mostraban enigmáticas ante nuestros ojos.



Tras el instinto inicial de contribuir aportando otra piedra para engrosar uno de los montículos, empezamos una nueva pila de piedras aportando cantos escogidos del entorno que identificábamos con las personas que queremos, a modo de representación simbólica de desear acercarlos, de juntar a los seres queridos y de invocar, a través de ese hecho, a alguna fuerza superior para que proteja al grupo. Tras acomodar, una a una, todas las piedras escogidas en el montón colectivo procurándole estabilidad al conjunto, deseamos que, con el tiempo, la pila fuera alimentándose de nuevas piedras.



Hoy, miércoles, he recordado ese instintivo ritual practicado hace pocos días y he buscado documentación en hechos análogos.


Es sorprendente averiguar que el hombre primitivo usaba, posiblemente, el amontonar piedras como instrumento a través del cual podía invocar a los dioses. Que en las antiguas civilizaciones tibetanas y egipcias ya realizaban similares pilas cónicas de piedras con finalidades espirituales, amontonamientos que derivaron en la concepción de obras piramidales. Que en los altiplanos de los Andes se construyen montículos similares – las apachetas – como homenaje a su madre tierra Pacha Mana. O que en puntos de nuestra península, como en la Cruz de Ferro del monte Irago en el camino de Santiago, existe un montón de piedras que va creciendo, día tras día, con la aportación de los peregrinos.


Asimismo, es sorprendente averiguar que esta pila de piedras recibe también el nombre de mercurial, que el concepto está relacionado con el dios Mercurio, que es el mismo concepto que el dios griego Hermes, que las “hermas” también eran montones de piedras que se hacían en los márgenes de los caminos y que todo el que pasaba añadía su piedra al montón, hermas que derivaron en tallas en piedra a modo de mojones, mojones o hitos que, en los caminos de montaña, se suelen realizar con un pequeño montículo de piedras para indicar el camino a seguir… Todo un mundo de relaciones.

También es sorprendente averiguar que, parece ser, muchas ermitas dedicadas a San Cristóbal se levantaron en puntos donde había un mercurial, relacionándolo como si San Cristóbal fuera una cristianización del dios Mercurio y apoyando, además, la hipótesis en términos alquímicos como que si el mercurio es “el portador del oro”, analógicamente Cristóbal podría ser entendido, según se quiera traducir, como “Cristo portador del oro”… Todo un mundo de relaciones.


Enfin, dejando de lado que al construir una pila de piedras bajo una perspectiva ritual se expresa un ideal y se genera una satisfacción de nuestras emociones y sentimientos más elevados, lo que en el fondo me ha sorprendido de todo esto es que hemos tenido una posible constancia de la existencia de una subconsciencia colectiva, puesto que hemos actuado bajo unos mismos patrones de comportamiento que se han repetido en otros tiempos y en lugares muy dispares del mundo. !Cuántas relaciones hay en el mundo!

Efectivamente, fue una necesidad que partió de nuestro interior, un impulso instintivo. Teníamos que hacerlo. Y lo hicimos.


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Cuando volvimos al Mercurial, 4 años después (22-2-2014), nos encontramos que había crecido!





lunes, 8 de marzo de 2010

Graná, tierra soñá

Hubo una pareha de mendas que se pegaron una pechá de viahar pa’cer una mihilla er pollas dando vueltas por Graná.


Entoqué llegaron, noh echaron un movih pa’hir a buscarlos en taxis a los polígonos, pueh ehtaban eslomaos, los ahelicos, y no atinaban pa llegá a Puertarrá.

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-“Ahora que me he arregostao a la buena vida, suh subís ar taxis pa’hir a esos barrios de la Yoli y er Chavea”- Nos diho er shiquillo mientras conduhia er coshe con malaostia. ¡Pahecía que er pollas quería ir al hiñaero!

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Namá llegá ar hoté, los cuchis tabanmayaos, asín que se pegaron una comía dercopón, cohieron una pea de la vihen y no deharon de decir folletás toa la noshe tapaos con una manta. Con un “Ozú, qué repeluh ma dao ese vino” se hicieron er longuis y los shiquillos se fueron a dormir dehándonos en lestacá. "¡Cuchis, los tíos!", dihimos.

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Ar día sihiente, con la rehaca, er niño no era capah de ná, estaba apollardao. Conticoneso, subieron ar Arbaisín en Buh (que er trahporte plúsblico es la polla) y er chavae, que había cohio alehia a los hipreses y los iba fotograhiando pá curá su arma hería, hacia una heta más sospechosa que un hitano haciendo futin (¡Anda que no!). Asín que un hombre –dicen que era er Bute- lo achantó con una panzá de voces y… ¡Chah! er cazo es que er cuchi le dio suh cámara de fotoh y er pollas se marshó ná regomelloso.

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-"¡Qué ihoputa que es er mendas!, ¿Notehode? ¡Foh!"- gritamoh tós mientras ehcondíamos las otras cámaras y las tahetas de crédito bajo el abriho.

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Alguno de nohotros, como había venío como pa'cé un mandaillo y no quería ser dehcubierto, diho que la cámara valía una mihilla de nà, "unas sientas pehetas" y que le compraría otra en una volá. Asín que er niño, acohonao, espeluznao y una chispitilla mosqueao, le encartó la propuehta der enterao Darmería.

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De no ser por la falanhitis que cohieron los mendas tras la sehunda noshe de pegarse una panzá de helaos mientras decían las folletás de la vihen y de la mae tierra, bajo la manta dercopón, podríamos ahegurá que los shiquillos lo habían pasao de cohones. Pero er niño estaba mu malico y le reconcomía haberse zampao tanto helao.



Poyastá, asín que la pareha se volvió a pegar una pechá de viahar pà volver a su buhero en la gran ciudá. Conticoneso, nos los pasamos dercopón.

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